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Foto Jesús Alcántara |
Muchos piensan que el mundo de los artistas es un paraíso lleno de risas, fiestas, luces, libertades y hasta libertinajes. Nada más lejos de la verdad, la mayoría de las veces. Deslumbrados por el boato y la belleza inherentes a esta profesión no pueden ni imaginar la ingente cantidad de sacrificios, aprendizaje, renunciamientos, inseguridades y desengaños que sufren los auténticos devotos.
Por supuesto este no es el caso de los advenedizos, de aquellos que por tener un físico agraciado y ansias de aventuras se adhieren a esta profesión como rémoras a la brillante piel de un atún. Nada provechoso hacen, pero suelen disfrutar, en demasiados casos y sin esfuerzo alguno, de los viajes por el proceloso mar del teatro y de su generoso anfitrión: el Arte. Pensadlo; ninguna otra profesión recibe con los brazos abiertos a personas sin estudios adecuados y hasta sin verdaderas condiciones.
Pero vamos a hablar someramente del alto precio que han de pagar, por obedecer a sus corazones, los practicantes de las que yo llamo “artes mayores”. Por ejemplo el ballet, despótico tirano del que por experiencia propia ya he escrito con anterioridad, cuya práctica es acompañada de continuo por el dolor, la más estricta disciplina y el sudor, y cuya recompensa es una plenitud de escasa duración y un dudoso futuro. O el bel canto que convierte a sus ejecutantes en esclavos hasta la obsesión de sus gargantas, limitando sus vidas a prácticas vocales diarias y al estudio de idiomas e intrincadas partituras, pendientes, con un echarpe siempre a mano, de los mínimos cambios de temperatura. En cuanto a la música y a su estudio, que nunca termina, algo he adelantado en el capítulo anterior. Os diré que cuando oía a Gabriel tocando impecablemente las complicadas notas de ese largo Concierto Número 2 de Rachmaninoff, estaba segura de que un muy bajo porcentaje de los espectadores apreciaba, tras esas brillantes y apasionadas notas, los años de dedicación absoluta al estudio, el cansancio de permanecer horas y horas diarias al piano, hasta el punto de haber tenido que perder gran parte de la niñez y la adolescencia, que subyacían tras tanta perfección.
Esas son para mí las más egoístas, a la vez que hermosas, vocaciones artísticas, aquellas en las que debes hacer dejación de todo lo que no sean ellas y sus exigencias.
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Pero tampoco la actuación es parca a la hora de pedirte esfuerzos y dedicación. Con el agravante de no haber sido nunca, a lo largo de la historia, una práctica bien vista ni justamente apreciada. Y puedo remontarme al Medioevo, cuando “cómicos de la legua” recorrían los pueblos en sus carretas para llevar risas y sutiles críticas sociales a los campesinos, siendo, en el mejor de los casos, recompensados tan solo con viandas, y en el peor y más frecuente, echados del pueblo a cajas destempladas. A esa larga etapa en la que estaba prohibido enterrarles en sagrado y al hábito de colgar en muchas posadas letreros que decían textualmente “prohibida la entrada a artistas, murcianos, gitanos y gente de mal vivir”, y a esos gritos de “¡esconded las gallinas que llegan los cómicos!” con que, hasta no mucho tiempo atrás, se anunciaba la llegada de una troupe de artistas. Aunque las cosas como es natural han cambiado os aseguro que nuestra profesión aún despierta recelos en amplios sectores de la sociedad y que a menudo se sigue dudando de nuestra honestidad, moralidad y hasta cordura. Eso lo he vivido en propias carnes y lo he narrado en capítulos anteriores.
Presa fácil para buitres y empresarios, los actores durante siglos han sido objeto de explotación, sobre todo aquellos que, sin llegar al estrellato o no habiendo sabido mantenerse en él, tienen en el diario trabajo su medio de subsistencia.
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Escena de la fiesta en Tres sombreros de copa. |
En el año 2005, durante el cual transcurre mi actual relato, esta situación primaba en la farándula, hacía muy difícil para todos el encontrar trabajo y mermaba para jóvenes novatos las oportunidades de adquirir el rodaje y la sabiduría que tan solo el escenario puede proporcionar.
Estando la compañía de Tres sombreros de copa compuesta principalmente por estos muchachos deseosos de integrarse plenamente al mundo del teatro y considerándome ellos una “respetada veterana”, solían asaetearme con preguntas sobre mis experiencias. Era un primor ver sus caras cuando les contaba que, no tanto tiempo atrás, los actores solíamos despedirnos de una obra, estando ya contratados para estrenar otra, que las giras eran de fechas continuas y que duraban meses o que antaño las “compañías de repertorio” hacían hasta dos obras distintas en un mismo día y cada día en una plaza diferente. Se asombraban cuando les hablaba de los muchos “cafés teatros” que funcionaban en las madrugadas del Madrid de los 70 y 80 o de que Televisión Española emitiera semanalmente varios espacios, en directo, de dramáticos. Pero el colmo de su estupefacción llegaba al decirles que muchas veces los actores compaginábamos las tres actividades en el mismo día. Al no haber tenido oportunidad de curtirse en estas lides se creían incapaces de poder realizar ese “pluriempleo” agotador.
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Con Jordi Soler |
Recuerdo muy gratamente ese año de representaciones en el teatro Príncipe. Los compañeros eran estupendos, las funciones clamorosas y los ratos de espera en los camerinos estaban llenos de amenas conversaciones, ya fuese con mis amigos Miguel de Grandy, Carlos Urrutia, Manu Medina, Jordi Soler, Pepe Álvarez o Pepe Sanz, o con los encantadores neófitos. Tal vez donde más se apreciaba nuestra general camaradería era en las cenas que entre todos organizábamos en los camerinos, entre función y función del sábado, y en la que cada uno contribuía trayendo “un platillo de mi especialidad” (el cual en el caso de los chicos era sin duda generosa aportación materna). Así la hora y pico de descanso volaba entre sabrosas y variadas ingestas y chascarrillos.
Un día, al llegar al teatro, la sorpresiva presencia de policías acompañados por grandes perros recorriendo el patio de butacas y los camerinos me sobresaltó. Mi primera impresión fue que se había recibido una amenaza de bomba, cosa que el grupo terrorista ETA solía hacer con alguna frecuencia. Pero mi temor, y el de los compañeros que iban llegando, se disipó al saber que los Reyes habían anunciado su asistencia a la representación de la tarde. Aquello era un gran honor y las medidas de seguridad sin duda indispensables. Así que hicimos la función con la emoción de trabajar para la realeza.
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Toda la compañía con los Reyes Don Juan Carlos y Doña Sofía |
Una vez finalizada, Pérez Puig, nuestro director y productor, nos convocó a todos al escenario puesto que los regios visitantes deseaban saludarnos personalmente. Un detalle muy de estimar y que aportaría prestigio y propaganda gratuita a la función.
A pesar de no considerarme yo una forofa de las monarquías he de admitir que la entrada de los Reyes fue impresionante; el rey Don Juan Carlos moviéndose como un caballo sin demasiado control y la reina Doña Sofía rodeada por un halo de innata majestuosidad que no entorpecía la sensación de calidez humana que de ella emanaba. Difíciles cosas de conjugar. Las diferencias entre ambos, así en persona y fuera del protocolo, eran más que notables.
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Con la reina Doña Sofía. Flanqueándome Luis Hacha, Pepe Sanz y Carlos Urrutia, El negro Buby |
Ambos insistieron en que suprimiéramos las reverencias pero una cosa me llamó la atención; mientras el Rey lucía una campechana sonrisa, que se ensanchaba cuanto más joven era la actriz a la que saludaba, Doña Sofía tuvo para todos y cada uno de los presentes un comentario sobre su papel en la obra o sobre su trabajo. Estas son las simpáticas palabras que en ese momento me dirigió: “Yolanda, me has demostrado que es cierto lo que dicen; “no hay papel pequeño”. Pero estás mucho más guapa sin barba. Supongo que cuando terminen estas representaciones te la afeitarás”.
Fueron meses hermosos y reconfortantes. Pero no lo fue tanto la mal llamada gira que siguió a nuestra despedida de Madrid.
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Con Luis Hacha |
Como en varias ocasiones he mencionado, los contratos que se firmaban en esos momentos, y que siguen en vigencia, estipulaban que “fulanito o fulanita” se comprometía a permanecer en la compañía durante todo el tiempo que la obra se mantuviese en cartel, ya fuese en la capital o en provincias. Esto pretendía asegurar a los empresarios que el reparto original sería el mismo durante la posterior gira, aunque, para ser sinceros, esa cláusula era con frecuencia incumplida por las estrellas de turno las cuales, como estrellas al fin, eran intocables. Lo que injustamente no contemplaba el contrato era asegurar al actor un número determinado de actuaciones al mes.
En este caso, por una mala gestión de programación, los bolos resultaron demasiado esporádicos para que nuestra economía pudiese soportarlo. No olvidéis que los actores tan solo cobrábamos por día de trabajo. A pesar de tener en las manos la empresa un producto tan apetitoso, un éxito tan rotundo y de tan larga duración en Madrid, hubo meses en los que hicimos tan solo cuatro o cinco actuaciones y mal repartidas. Lo curioso, o tal vez lo más indicativo de la crisis por la que estaba pasando la profesión, es que no hubo en la compañía desmembramiento alguno. Así que, después de un año de irregular trashumancia, tal y como había comenzado se acabó, naturalmente tras la notificación previa de quince días a los que la empresa estaba obligada por ley, para frustración de los componentes que tanto habíamos disfrutado con nuestro trabajo en la maravillosa obra de Miura, Tres sombreros de copa. Al igual que me pasara en la anterior ocasión mientras representaba a Madame Olga, transformarme en una mujer barbuda llena de sencilla y tierna filosofía de la vida me había encantado.
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Madame Olga, la mujer barbuda. |
Y ahora os contaré la curiosa historia de cómo esta función, considerada en nuestros días la mejor comedia española del siglo XX, escrita en 1932 pero desdeñada por las empresas de la época, permaneció arrinconada en un cajón del escritorio del autor hasta que, dos décadas después, en el año 1952, un Gustavo Pérez Puig jovencísimo y amigo de Miguel Miura, convenció al autor para que le permitiera estrenarla. La obra había sido escrita por encargo para una famosa pareja de actores de los años 30 que la rechazaron catalogándola de “irrepresentable, de humor absurdo y demasiado literario”. Y con ese sambenito sobre sus espaldas fue guardada por su creador e ignorada por el público hasta el día de su estreno. Desde el primer momento encandiló a todos, incluida la crítica, hasta llegar a convertirse en la comedia española contemporánea traducida a más idiomas. En mi opinión los textos de Tres sombreros… son los más poéticos de la literatura española actual y su crítica social resulta atrevidamente aguda e intemporal. Un verdadero disfrute para los espectadores y para los intérpretes.
Tal vez he sido reiterativa en esta narración, seguramente algunos de los detalles sobre la vida de los artistas los recordáis de otros capítulos. Si es así, disculpadme, la cuestión es que siento incesantemente la necesidad de reivindicar nuestra a menudo vilipendiada profesión.
Próximo capitulo